11.1.10

Yuichi Sato




La vida que tenemos en determinados lugares no está marcada por el lugar en sí, sino por la gente que te rodea cada día. En Tokyo he conocido mucha gente, mucha, algunos han valido la pena, otros, simplemente... no tanto.

He decidido incluir de vez en cuando unas líneas acerca de la gente que me rodea, de los personajes que aparecen en mi libro, en mi historia en Tokyo, y el primero no podía ser otro que el señor Yuichi Sato.

A mi llegada a Tokyo y tras cierta inactividad musical en Canadá, decidí ponerme en contacto con músicos de por aquí, y nada más fácil que Internet. Quedé con Yuichi en el centro y cenamos en un restaurante coreano. Como podéis imaginar, toca el saxofón, de hecho he de decir que es todo un talento. Me habló de que venía de una pequeña ciudad de las afueras, era un chico de campo en la gran ciudad que había decidido salir de Japón y así visitó Cuba, y recaló en Toronto donde pasó un año estudiando inglés y tocando con músicos locales. Poco más tarde fue su cumpleaños y me invitó a una barbacoa en la orilla de un río cercano a mi casa y poco después acabé tocando con su grupo de jazz, improvisando en un bar del centro de Tokyo.

Yuichi es de esas personas que jamás te la imaginas enfurecido. Tiene un alma de lo más candida y es un auténtico desastre con las mujeres de la manera más cómica que os podáis imaginar. Su debilidad por las mujeres rubias de ojos azules es legendaria, es algo contra lo que no puede enfrentarse si temblar como un flan y esconderse como un niño pequeño que huye del coco. Aparte de esto, no he conocido persona más fiel, entregada y apasionada por la música y por sus amigos. En la actualidad trato de convencerle para formar un grupo y parece ser que nuestras aventuras juntos seguirán durante algún tiempo, asi que señoras y señores, con ustedes: Yuichi Sato.

9.1.10

Tambores, underground y deja-vu


Hay algo que me persigue desde hace mucho tiempo, a donde quiera que voy está ahí, y no importa que en el fondo piense que es hora de dejarlo, de cambiar, de intentar cosas nuevas...
Es algo que se ha ido haciendo parte de mi, se me ha ido incrustando hasta formar parte irremediable de mi vida diaria.

De nuevo ese olor a humedad y a polvo, notas sueltas a un volumen insultante (dios bendiga a los tapones de gomaespuma a 2 euros en el supermercado), caras cansadas después de un día de trabajo agotador, desesperante, algunos de mal humor, otros intentan hacer que su instrumento suene a algo decente, discusiones sobre vinilos, underground... estoy en la otra punta del planeta y la fotografía es como un deja-vu constante. "Voy a tocar en directo en Tokyo... joder... ¡en Tokyo!"

Me siento, como me he sentado miles de veces, me pongo los tapones, muevo esto, lo otro, esto está roto, esto esta desafinado, no hay tiempo. Empezamos. Tras los dos primeros temas, sorpresa, estoy tocando demasiado fuerte, me lo dicen, no me lo creo, me invitan a probar. hmf.. tienen razón, suena mejor. Me concentro en tocar mas flojo, se me va el tiempo, se balancea, baila arriba y abajo. Tocar rápido es difícil pero os aseguro que tocar lento lo es cien veces más. Respiro hondo, bebo un sorbo de te de máquina. Vale, ahora lo tengo, suave y lento, en su tiempo, y lo noto, y veo sus cabezas, y muevo la mía, y caminamos ahora juntos y la música suena, vaya...

He de admitirlo, como batería tengo muchos defectos, soy autodidacta y eso conlleva una carencia de técnica importante, pero, um.. quizás también sea un poco descuidado con las críticas, el 99 % de las veces estoy seguro de llevar la razón y eso no me hace ningún bien. Se que dos buenos, muy buenos amigos me van a matar por esto que estoy diciendo, porque ellos llevaban la razón y yo siempre lo negué, pero bueno.. vale, vale.. teníais razón.

Un concierto el lunes y otro el domingo de la misma semana, va a ser una semana dura. Sin darme cuenta acabo metido en la dinámica otra vez: trabajo, ensayos, conciertos. Y son muchas las veces que he intentado llevar una vida diferente, dejar de tocar, hacer otras cosas... no se... otras cosas, y al final siempre acabo metido en la dinámica, sí, llamémosle dinámica. Puede que sea mejor aceptar lo que uno es, y no todas las otras cosas que quiero ser y que nunca seré, ya sabéis, equilibrista, ranchero, astronauta...

Pum.. Pa.. pum.. Pa !!! Pisch!!! y hasta que se me caigan los brazos no pienso parar y todos con los que he tocado a lo largo de estos 15 años tenéis la culpa! Y a vosotros se os debe lo que uno es, para bien o para mal. El lunes, señores, ¡va por ustedes!

5.1.10

Kichijōji...me quiero mudar a Kichijōji


Cortarse el pelo en pleno invierno puede que no haya sido la mejor idea que he tenido nunca.

Kichijōji. Me quiero mudar a Kichijōji. ¿Sabéis cuando un sitio... te dice algo? Lo llamamos buen rollo, buenas vibraciones, energía super que te cagas, bueno pues mas o menos eso mismo me pasó el Lunes. Había oído hablar mucho de Kichijōji, está cerca de donde voy a ensayar normalmente con el grupo pero al estar dos paradas más adelante nuca había tenido tiempo de aventurarme por allí.

Pues el lunes sí que tenía tiempo y siendo el último día de "vacaciones" que teníamos lo ví claro. 45 minutos, dos trenes y andando estaba por uno de los barrios más chulos del Tokyo oeste. Comercios miles, tiendas de segunda mano, underground, olores, colores y el parque... el maldito parque. Saqué la cámara en aquel restaurante a la vez que la camarera me aturdía con un japonés estricto y excesivamente cortés. "¿Esto de aquí es un menú, verdad?" le pregunté y solo para decir "sí, ¿lo quieres?" las sílabas corrían frenéticas por mis oidos, y su sonrisa se mezclaba con un ejército de modismos, reverencias y un pestañeo jocoso. Una vez servido, comido y pagado el almuerzo recorrí Kichijōji, andé la calle principal, miré algunos vinilos de segunda mano, algo de ropa, nada me convencía. y llegué al parque... al maldito parque.

Si no me equivoco, porque muchas veces peco de descuidado en nomenclaturas, el parque se llama Inokashira, el mismo nombre que la línea que te lleva a Kichijōji desde Shibuya. Tiene la misma forma que la isla de Japón y hace funciones también de semi-zoo. Dos templos yacen en una plataforma central conectados por dos magníficos puentes de madera rojiza y rodeados de un estanque inmenso que se extiende desde el principio hasta el final del parque. Para mi asombro, en el lado norte un edificio de gran altura se alza vistoso sobre el estanque, me pregunto "¿cuánto valdrá el alquiler con esas vistas? madre mía..."

Aun babeando por la estampa del estanque al atardecer decido que el frío empieza a hacerse de notar. Es la hora del café. Me clavan casi 6 euros por un café que solo la divinidad más divina que en los cielos está y que todo lo ve, y lo sabe y lo comparte, es de los mejores cafés que he probado nunca. Pago gustoso y salgo, noche cerrada, pero aun es temprano, cruzo el parque por el centro, subo unas escaleras y acabo en una calle estrecha, plagada de pequeñas tiendas, algo indie todo aquello, pero me mola. Una tienda de ropa, un supermercado, un restaurante.. un callejón.. hm.. ¡sí! Entro el callejón, al fondo dos figuras gritan anunciando algo que no entiendo, me voy acercando, van de traje, le gritan al aire porque allí no hay nadie en unos cuantos metros a la redonda. Paso al lado de ellos, un burdel, en frente, un bloque de pisos, un poco más adelante, unos grandes almacenes. Me encanta Kichijōji.

Salgo del callejón y veo un letrero "Book off". "Oh no, no puede ser" pienso. Pues sí, tienda de segunda mano de mangas. Y he aquí un cuadro de Tokyo. Una calle de estanterías de la que no puedo ver el final, y lectores, codo con codo, leyendo cada uno lo suyo, todos en silencio, bañados por algo de J-pop que los altavoces escupen con ganas animando al cliente a comprar comprar comprar. "Una biblioteca" me digo a mi mismo "una jodida biblioteca.." pero no. Cojo un manga al azar, miro la contraportada... oh no, 105 yens (unos 1, 50 euros o algo así). Entro en modo berserk. Arramblo con diez tomos, pago, el chico se hace un lío con la cuenta y me cobra la mitad, aunque de esto me di cuenta media hora más tarde. Salgo de allí decidido, no mires, no mires, pero el ojo izquierdo lo ve: los dvds, los cds, juegos de segunda mano... aligero el paso y consigo escapar.

Me quiero mudar a Kichijōji. Esto lo resume todo y no por nada en especial, después caminé por la zona, miré algunos apartamentos y ví cosas interesantes por lo que ahora mi maquinaria mental está en marcha y me hundo en cálculos y posibilidades. Siempre que veo un sitio nuevo mi compañera de piso me lo dice, acabo diciendo que me quiero mudar allí, y es cierto pero... que más da, me quiero mudar a Kichijōji.

3.1.10

Ochanomizu y cómo perder la cabeza


Tokyo se enorgullece de tener prácticamente tiendas para todo tipo de artículo imaginable, y aún más, se caracteriza por lo ostentoso del asunto en lo que se refiere a cantidades. Una vez aceptando este irrefutable hecho, en vez de ir a visitar una tienda de instrumentos musicales, uno lo que hace es visitar una calle de tiendas de instrumentos musicales.

Es evidente que soy músico desde los 16 años. En el instituto, estaban los que molaban, los que ligaban con las niñas, los que eran... guays y los que no. A esas edades solo pensaba en acaparar y ser una estrella del rock. ¿A quién le importaban esas casposas clases de física y química, el tedio de las clases de historia, yo solo quería ser una estrella y no necesitaba nada de eso. Así que había cierto proyecto de formar una banda y yo, con intenciones puras y sinceras me ofrecí a ser, evidentemente, la voz cantante y pensante del combo. Para mi desgracia solo el puesto de batería estaba libre.

"Pfff... ¿batería? " pensé, "eso no me hace mucha gracia, pero bueno si es lo que hay..." Y así fue cómo me labré mis primeros pasos en el mundo del "pim pam pum plash tu pish" y, a día de hoy, no ha habido ni un sólo día que me haya arrepentido de tal decisión, pero claro, siempre queda la cosilla de...

Bueno, yo quería una guitarra y cuando llegué a Japón me compré una por unos 50 euros, acústica, mala donde las haya pero en proporción justa y necesaria con mis conocimientos. No porque tuviera intención de comenzar mi carrera en solitario, solo el hecho de haberlo escrito ya suena ridículo a la vez que ligeramente divertido, sino por intentar algo diferente en un entorno donde nadie me conoce y por lo tanto las posibilidades de que se rían de tí, en algo, disminuyen.

Un amigo me avisó por la mañana: "Hay una calle llena de tiendas de guitarras, ¿te vienes?" El distrito se llama Ochanomizu, que significa algo así como "agua de te", y está a una hora en tren local. Consiste en una calle de tiendas de instrumentos, predominando con fuerza las de guitarras. Después de unas 7 u 8 tiendas mi cerebro se colapsaba, el líquido amniótico ya me bañaba los ojos ante tal locura de precios, ofertas, visitantes, vendedores y más y más guitarras. Precios me preguntaréis, y "razonables" os respondería, pero es que había... tantas.... Plantas para Gibson, para Fender, para acústicas, para électricas, en serio, durante la primera media hora uno nada feliz en la abundancia y se recocija y en la hora siguiente vomita precios y modelos.

Resultado: "Vale, me hago una idea, ya si eso vengo otro día y ya si eso..."

Tokyo tiene esa habilidad. Te hace volver a donde quiera que vayas. Si vas a visitar un templo de día querrás volver de noche para verlo iluminado. Si vas a una tienda de discos (en mi caso he cometido la gran osadía de empezar a coleccionar de nuevo vinilos y mi bolsillo me mira de vez en cuando con recelo, cómo si quisiera abusar de él) querrás volver otro día con, efectivamente, más capital. Si vas a un restaurante querrás volver porque la comida estaba tan buena y había tantas cosas en el menú que no has probado que tienes que volver, y la lista sigue y sigue.

Por eso quizás... creo que empiezo a estar enamorado de esta ciudad, porque aunque las posibilidades sean tan apabullantes, sobre todo al principio cuando todavía no sabes que calles vas a andar a menudo, cuando consigo centrarme, concentrarme y manterme concentrado a la vez que ando (conlleva práctica, no os creáis) puedo dividir y un día ser turista, otro día músico, otro día mangaka, y acabar con personalidad múltiple que al fin y al cabo, ¡es lo que siempre he deseado!

2.1.10

Takeda-san


La mañana prometía solo por el mero hecho de que la habitación no era un congelador, lo cual siempre ayuda a pensar que a lo mejor en la calle no hace tanto frío, je, que gran razonamiento.

Aun así, la fiesta de fin de año había sido ligera, divertida, diría que incluso relajada. Como en toda buena fiesta, no importa donde esté uno, colas y más colas, carreras, empujones, y mas colas, colas para dar carreras, colas para dar empujones, colas para hacer colas... En fin, la verdad es que todo era fruto de una fiebre extendida por estar en el mejor sitio posible para la cuenta atrás. Dos proyecciones digitales en la pared señalaban el minutero corriendo hacia atrás, lo vimos cuando quedaban apenas 3 minutos.

Y llegó el 2010, y miré por la ventana desde la planta 52 de Roppongi Hills y vi Tokyo iluminada, espléndida como siempre, la ciudad que no duerme. Todo lo que vino después es lo que cabría esperar de una noche de fin de año por lo que no voy a dar muchos detalles. Lo pasamos bien y nos recogimos con dignidad por la mañana. Como recompensa, a la 13 de la tarde ya iba camino de la ducha con la idea de visitar la isla de Enoshima, a unos 45 minutos en tren desde mi casa.

La isla de Enoshima es un lugar bastante especial, cerca de Kamakura que viene a ser (para los de Málaga) como nuestra Malagueta pero con un servicio de limpieza algo menos esporádico, no se si me entendéis. La cuestión es que en la tradición japonesa, la noche de fin de año no acarrea un alboroto tal y como estamos acostumbrados en Europa, es más parecido a la cena de Nochebuena en España. Las familias se reunen, se reza en los templos y la cosa no llega a mayores. De hecho el porcentaje de japoneses / gaijins en la fiesta era de un 60/40 me atrevería a decir (aunque claro, soy andaluz, asi que a lo mejor exagero un poco). Me desvío del tema. Lo que quería decir es que en Enoshima hay un templo, no excesivamente grande pero muy vistoso, y pensé que sería buena idea ir a hacer algunas fotos e ir a pasar el primer día del año cerca del mar. Habiendo vivido toda mi vida (y gracias a mis padres por ello) cerca del mar, el visitarlo en un día como hoy era como mi propia ceremonia de año nuevo.

Así que preparé mis cositas y a Enoshima llegué justo a una buena hora para comerme un buen plato de ramen (sopa de miso esta vez, muy caliente con verduras, carne, etc) en la calle central. Después de comer salí a hacer fotos por dicha calle y allí conocí a Takeda-san.

Normalmente, cuando haces fotos en un sitio que no conoces, en donde no puedes comunicarte muy bien porque no conoces el idioma, intentas evitar hacerle fotos a la gente. En mi caso me cuesta porque son mis preferidas pero no sabes quién se va a molestar y quién no. Por aquí hemos aprendido a pedir disculpas en japonés e incluso a pedir permiso así que decidí hacer uso de mi mejor japonés al pasar por el puesto de comida del señor Takeda. Especialidades de distintas partes del país cocinadas como espetos de sardinas en plena calle, y hacía un frío que no os podéis imaginar pero el señor Takeda, como buen japonés, lo afrontaba con una sonrisa y mucho, mucho arte. Le pedí permiso para hacerle una foto al puesto y a la comida y accedió a cambio de que le comprara algo. Acababa de comer pero era tan barato y tenía tan buena pinta que compré un pinchito de pulpo con una salsa que no puedo describir muy bien, eso sí, estaba rico rico. Entablé conversación con Takeda-san, hablamos de qué me había traído por Japón, en qué trabajaba, para mi sorpresa, me iba defendiendo bien, con alguna palabra en inglés de por medio, y al parecer estaba el hombre tan encantado que me invitó a otro pinchito y no me dejó pagar.

Y bueno, que tiene de especial todo esto, pensaréis. Bien, este hombre vendía sus artículos a un precio que os puedo asegurar, tendría que vender muchos pinchitos para ganarse un almuerzo caliente, y clientes no pasaban muchos por alli y menos los que preferían comer en la calle con esas temperaturas habiendo sitios cerrados en la zona. Yo solo le hice una foto, bueno, ya claro me animé y le hice un reportaje, y el hombre, con toda su buena voluntad, me obsequió con un pincho de maguro. El hecho me hizo pensar durante el resto de la tarde. No queda mucha gente como Takeda-san, soportando esas temperaturas y gritando con alegría a los transeuntes invitándoles a contemplar la mercancía. Nos hicimos una foto juntos, la que podéis ver ahí, de hecho, ese pedazo de pescado me lo dió él para posar, era como su... artículo estrella.

Prometí volver con algunos amigos y seguí con mi mini-peregrinaje al templo de Enoshima, por supuesto, siguiendo sus indicaciones. A veces vale la pena el frío, el viaje, y todo lo necesario por conocer gente así, y ojalá me encuentre con muchos como él ( y no porque me haya invitado a comer, no seais burros). Feliz año a todos, empezamos desde cero, y esperemos que para hacer lo bueno mejor. Manueru, con el moquillo colgando, desde Japón, cierro.